Con este poemario, Juan José Vélez se ha acercado al cristal de la ventana de la memoria (la experiencia de lo acaecido) así como al de lo no ocurrido y que nunca acontecerá, ventanas ambas que nutren el oficio del poeta. Verso a verso, el poeta ha dibujado el atlas de su dolor, el gráfico de la derrota y, superando el escorzo, el rostro de ese niño que mira, desilusionado, al hombre que es y al que pudo haber sido. Afortunadamente el poeta, como artífice de su propia vida (de su devenir), se reserva “un salón con vistas a la esperanza” y nos ofrece el inefable plano de “la hora de la tarde / cuando abren los dondiegos”.