«En Espeleología humana, desciende María Rosal sin miedo a las profundas simas del interior humano y hace, en carne viva, la disección de lo más secreto del ser. Se vale para este descender de un pozo en un patio andaluz, pero no penséis en arriates de geranios, ni en cancelas, ni en guitarras, todo lo más una tapia blanca que reverbera hasta cegarnos. María Rosal, una voz que puede ser tierna como el ondular de las mieses en la campiña cordobesa, o sonar grave como el andante del viento en otoño despeinado, como Gorgonas, la cabellera de los olivares, no se permite en este libro ni un adorno literario, ni una metáfora: el pozo está allí, más antiguo que el tiempo, y ella se enfrenta a él –parca, escueta, di-recta– a sus voces de hechizo, a sus fantasmas ahogados, a sus conjuros. Porque el pozo es el útero enigmático, el centro de la casa y de la familia, el confidente y el juez. "El pozo nos vigila" y en los días amargos, cuando buceamos en nosotros mismos, el pozo agudiza sus fauces con el "bocado salobre" y flotan "tenues rostros de sangre", y alguien llora por dentro. Mundo este subterráneo que también lo pueblan flora y fauna feroz, aves de escamas o unas uñas de zarzales tremendamente humanos. Cuando bosan sus aguas, sólo sale lo que antes hemos arrojado: miedos, traiciones, odios, rencores. Y todos tenemos un pozo.»
Texto de Pablo García Baena